El secreto de Rotary: sus cimientos y el valor de cambiar
Del Evangelio de la Riqueza de Carnegie a la IA: la filantropía evolucionó y Rotary también. Una reflexión sobre las cinco Avenidas de Servicio, el reto de renovarnos sin perder el rumbo, y por qué el próximo hito lo escriben los clubes.
La semana pasada, el PDG Abbas Rahimzadeh Kalaleh — uno de mis mentores rotarios — me hizo el honor de invitarme a acompañarlo en una sesión de mi Club Rotario San Nicolás de los Garza para hablar sobre las cinco Avenidas de Servicio. Acepté con gusto y me puse a desempolvar material que había presentado en otras ocasiones.
Confieso que tengo una costumbre —quizá una manía—: antes de hablar de un tema, necesito tratar de entender sus fundamentos. No me basta con repetir lo que se dice; quiero asimilarlo, tratar de encontrarle la raíz, para poder transmitirlo con honestidad. Creo que solo se enseña bien aquello que primero se ha intentado comprender de verdad. Y fue justamente al volver sobre los cimientos de Rotary, preparando esa sesión, que fue tomando forma la reflexión que quiero compartir aquí.
De la caridad a la estrategia
Cuando Andrew Carnegie publicó El Evangelio de la Riqueza en 1889, dar era, en esencia, un gesto: el hombre acaudalado devolvía a la sociedad una parte de su fortuna y, con ella, un poco de su conciencia. Fue una idea revolucionaria para su tiempo —la de que la riqueza trae consigo una responsabilidad— y dio origen a las primeras grandes fundaciones, como la de Rockefeller, que entendieron la filantropía como una institución y no solo como un impulso.
El siglo XX no dejó de refinar esa idea. Aparecieron la Fundación Ford, UNICEF, la Declaración Universal de los Derechos Humanos; el acto de dar se fue entrelazando con la defensa de la dignidad humana. Y hacia el final del siglo llegó un giro decisivo: Muhammad Yunus demostró, con el microcrédito, que se podía combatir la pobreza sin regalar dinero, sino confiándolo; Ashoka empezó a hablar de "emprendedores sociales"; y poco a poco se instaló la convicción de que la lógica del negocio y la del bien común no tenían por qué ser enemigas.
Ya en nuestro siglo, el Giving Pledge invitó a los más ricos del mundo a comprometer la mayor parte de su fortuna; nacieron los Objetivos de Desarrollo Sostenible como un lenguaje común; y hoy hablamos de inversión de impacto, de donaciones con criptomonedas y de inteligencia artificial que optimiza recursos. Entre Carnegie y este presente hay mucho más que tecnología: hay un cambio profundo en la manera misma de entender el acto de servir.
La filantropía dejó de ser caridad para convertirse en estrategia. Pasó de preguntarse cuánto doy a preguntarse cuánto bien genero, y cómo lo demuestro. Se profesionalizó. Y, como todo lo que se profesionaliza, se volvió más exigente: hoy no basta con la buena intención, hay que ser capaces de medir y sostener el impacto.
Rotary no vio la transformación desde la ventana
Lo notable —y lo que redescubrí al revisar aquel material— es que Rotary nunca se quedó observando ese cambio desde la orilla. Nació en 1905, casi al mismo tiempo que la filantropía moderna daba sus primeros pasos, y desde entonces no ha dejado de reinventarse.
En 1985 se atrevió a algo que parecía imposible para una organización de voluntarios: proponerse erradicar una enfermedad del planeta. Con PolioPlus, no solo lo soñó, lo puso en marcha, y llevó a Rotary a sentarse como par junto a la OMS y a los gobiernos del mundo. En 1989 abrió sus puertas a las mujeres, corrigiendo una ausencia que hoy nos resulta impensable y que transformó por completo el rostro de nuestros clubes. Y en 2016 flexibilizó su propia estructura —reuniones, formatos, tipos de membresía— años antes de que una pandemia obligara al mundo entero a hacer lo mismo. Rotary, sin saberlo, se estaba preparando para un futuro que aún no llegaba.
Podría seguir: la Fundación Rotaria, las becas de paz, el Plan de Visión Futura que reordenó por completo sus subvenciones, el Medio Ambiente sumado como séptima área de interés. Pero el patrón ya es claro: cada vez que el mundo de la filantropía dio un paso, Rotary dio el suyo. No por moda, sino por convicción.
El secreto está en los cimientos
Aquí conviene detenerse, porque cambiar por cambiar no tiene mérito alguno. Lo valioso es cómo cambió Rotary. Y lo hizo sin traicionarse.
Es aquí donde vuelvo a las cinco Avenidas de Servicio, el tema que me llevó a esta reflexión. No son cinco casillas administrativas ni una manera de repartir comités: son la traducción práctica del Objetivo de Rotary, formulado en 1910. Cada una responde a una dimensión distinta del servicio. El Servicio en el Club cuida la vida interna, el compañerismo, ese conocimiento mutuo que se convierte en ocasión de servir. El Servicio Profesional nos recuerda que la ética en nuestro trabajo —y la dignidad de toda ocupación útil— también es una forma de servir. El Servicio en la Comunidad nos lleva a mejorar la calidad de vida de nuestro entorno. El Servicio Internacional persigue la comprensión y la paz más allá de las fronteras. Y el Servicio a las Nuevas Generaciones apuesta por el liderazgo de quienes vienen detrás.
Al estudiarlas de nuevo, encontré un detalle que dice mucho: las cuatro primeras Avenidas se concibieron en la década de 1920, precisamente para ayudar a los rotarios a entender el Objetivo; la quinta, la de las Nuevas Generaciones, se añadió apenas en 2010. Es decir, hasta los cimientos supieron crecer sin romperse. Junto con la Prueba Cuádruple —esas cuatro preguntas que Herbert J. Taylor escribió en 1932 para ordenar lo que pensamos, decimos y hacemos: ¿es la verdad?, ¿es equitativo?, ¿creará buena voluntad?, ¿beneficiará a todos?—, las Avenidas forman una base que no se movió. Sobre ella, Rotary innovó en sus métodos sin renunciar jamás a su propósito.
Esa es, para mí, la lección más poderosa: se puede innovar sin renunciar a construir un legado coherente. El cambio no es lo contrario de la continuidad; es su forma más madura. Como lo expresó el rotario Mário César Martins de Camargo, la continuidad no significa uniformidad, sino alineación. No se trata de que todos hagamos lo mismo, sino de que todos apuntemos hacia el mismo lugar.
Un significado compartido
Al repasar esos fundamentos comprendí algo más, casi sin buscarlo. Rotary tiene un significado preciso, definido por sus fundamentos; y, al mismo tiempo, para cada uno de nosotros puede significar cosas distintas. Para alguien será la amistad; para otro, la oportunidad de servir; para otro más, el desarrollo profesional o la paz entre los pueblos. Y está bien que así sea.
Son justamente esos fundamentos compartidos los que nos permiten ponernos de acuerdo a pesar de nuestras diferencias. Son el punto de encuentro, la lengua común que hace posible que millones de personas, en cientos de países, caminen juntas sin dejar de ser quienes son. Pero, sea cual fuere el significado de Rotary para cada quien, hay una verdad que nos iguala a todos: el mundo no nos conocerá por lo que decimos ser, sino por las obras que realicemos.
La pregunta incómoda
Y llego al punto que me inquieta, porque de nada sirve un homenaje si no termina en una pregunta honesta.
Si la filantropía del mundo evolucionó, y si Rotary International evolucionó con ella una y otra vez… ¿lo hemos hecho también nosotros, en nuestros clubes?
Es fácil aplaudir la transformación cuando ocurre lejos, en las grandes decisiones internacionales. Es mucho más difícil mirarnos hacia adentro y reconocer que muchos de nuestros clubes siguen operando casi igual que hace treinta años: las mismas dinámicas, las mismas reuniones, la misma manera de convocar y de servir, en un mundo que ya no es el mismo.
Y no lo digo con reproche, porque entiendo de dónde viene esa resistencia. El club no es solo una estructura: es un lugar de pertenencia, de amistades de años, de rituales que nos dan identidad. Cambiarlo se siente, a veces, como poner en riesgo aquello que amamos. Pero ahí está la trampa: nos aferramos a los métodos creyendo que defendemos el propósito, cuando en realidad son dos cosas distintas. A veces confundimos la tradición con la costumbre, y la costumbre con la comodidad.
Evolucionar no es empezar de cero
Conviene decirlo con claridad, porque hablar de cambio suele despertar miedo: evolucionar no significa renunciar a lo que somos. Todo lo contrario. Significa aprender a distinguir lo esencial de lo accesorio.
Lo esencial —nuestro propósito, nuestros valores, el Objetivo de Rotary, la Prueba Cuádruple— no se toca. Es la brújula. Pero la forma en que sesionamos, la manera en que atraemos socios, los proyectos que elegimos, los canales por los que nos comunicamos, incluso nuestros estatutos: todo eso es método, y el método puede y debe actualizarse cada vez que deja de servir a su fin. Un club que confunde su horario de reunión con su misión ha dejado de entender para qué existe.
No pedimos uniformidad; pedimos rumbo compartido. Cada club puede conservar su carácter, su historia y su estilo; lo que no puede permitirse es dejar de avanzar hacia donde Rotary ha mirado durante más de un siglo.
El próximo hito lo escriben los clubes
El Plan de Acción de Rotary no es un documento burocrático; es una invitación. Sus cuatro prioridades —incrementar nuestro impacto, ampliar nuestro alcance, mejorar el involucramiento de los socios y aumentar nuestra capacidad de adaptación— son, en realidad, cuatro preguntas dirigidas a cada club:
¿Estamos midiendo el bien real que hacemos, o solo lo suponemos? ¿Le estamos abriendo la puerta a nuevas personas y sectores, o nos hemos vuelto un círculo cerrado? ¿La experiencia de ser socio vale la pena, o se ha vuelto rutina? ¿Estamos dispuestos a cambiar procesos, formatos y estatutos para seguir siendo útiles?
Responderlas con honestidad no es cómodo, pero es el único camino. Porque la filantropía cambió, Rotary cambió, y la historia demuestra que sí sabemos hacerlo. El siguiente capítulo, sin embargo, no lo escribirá una convención internacional ni un consejo de legislación. Lo escribiremos nosotros, club por club, socio por socio, con la valentía de revisar lo que hacemos y la humildad de mejorarlo.
Lo que me llevo de este camino
Permítanme terminar con algo personal. En este ejercicio de volver a los fundamentos confirmé, una vez más, por qué Rotary ha llegado a significar tanto para mí: me ha dado la oportunidad de compartir una pasión con personas extraordinarias. Y me regaló algo que jamás imaginé: compartir el estrado, en mi propio club, con uno de mis mentores rotarios —el PDG Abbas Rahimzadeh Kalaleh, aquel que me confió mi primera responsabilidad al invitarme a fungir como su secretario—. De tomar notas a su lado a compartir hoy con él la palabra: quizá de eso también se trate evolucionar, de que quienes nos formaron y quienes seguimos aprendiendo terminemos, un día, construyendo hombro con hombro.
Porque, al final, la única forma de generar un bien sostenible es procurando el bienestar de los más necesitados. Y para eso —hoy más que nunca— no basta con querer servir. Hay que atreverse a evolucionar.
