De Carnegie a la inteligencia artificial: la nueva era de la filantropía
La riqueza está cambiando. También la forma de compartirla. ¿Estamos ante una nueva revolución de la filantropía?
Durante más de un siglo, la filantropía ha evolucionado junto con las grandes transformaciones económicas, sociales y tecnológicas. Cada época ha creado nuevas formas de generar riqueza y, con ellas, nuevas preguntas sobre la responsabilidad de quienes la poseen y el papel de las organizaciones sociales.
Dos anuncios recientes sugieren que empieza otra etapa.
El 18 de octubre de 2026, Anthropic, una de las empresas más importantes en el desarrollo de inteligencia artificial, anunció la creación del Anthropic Public Benefit Fund, una entidad de su propiedad constituida para canalizar parte del valor de la compañía hacia iniciativas de beneficio público. La propuesta compromete inicialmente el 5 % de sus acciones, sujeto a la aprobación de los accionistas, y permite incorporar un 2 % adicional, a discreción del consejo de administración, por cada incremento del 50 % en la valoración de la empresa sobre una base determinada.
El mecanismo es interesante porque liga el crecimiento económico de la empresa con los recursos destinados al bienestar colectivo. Su impacto, sin embargo, dependerá de cómo se estructure, se gobierne y se utilice ese patrimonio.
Por otra parte, Meta anunció en junio de 2026 una inversión de 115 millones de dólares para el primer año de America's Workforce Academy, un programa gratuito de capacitación en oficios técnicos para la construcción de infraestructura tecnológica. El programa ofrece formación práctica, certificaciones reconocidas por la industria y empleo garantizado para quienes lo concluyen. En agosto, Meta informó que su primera generación se había graduado y se incorporaría a obras de la propia empresa.
Son iniciativas distintas. Anthropic explora un mecanismo de financiamiento del beneficio público; Meta combina la formación de trabajadores con las necesidades de una industria en expansión. Ninguna resuelve por sí sola un problema social. Ambas muestran cómo las empresas tecnológicas buscan nuevas formas de relacionar su crecimiento con el desarrollo social.
Para entender lo que significan, conviene mirar hacia atrás.
De la riqueza industrial a la filantropía moderna
En 1889, Andrew Carnegie publicó El evangelio de la riqueza , el ensayo que cambió la discusión sobre la responsabilidad social de las grandes fortunas. Carnegie sostenía que quienes habían acumulado una riqueza extraordinaria tenían la obligación de administrarla para el bienestar colectivo. No proponía repartir dinero, sino crear instituciones que ampliaran las oportunidades de las personas, en particular mediante el acceso a la educación y al conocimiento. Las bibliotecas que financió son la expresión de esa filosofía.
Años después, John D. Rockefeller impulsó otro modelo: una fundación que destinó recursos a la investigación científica, la salud pública y el combate a enfermedades. La filantropía adquiría una estructura institucional y profesional, capaz de abordar problemas sociales de manera organizada y sostenida.
En ese contexto nació Rotary, en 1905, y después La Fundación Rotaria, en 1917. Rotary desarrolló un modelo de participación distinto: personas que aportan no solo dinero, sino conocimientos, relaciones profesionales, liderazgo y tiempo. Mientras las grandes fundaciones administraban patrimonios, Rotary construía una red de personas dispuestas a servir desde sus propias comunidades. Modelos distintos y complementarios.
Del gesto a la estrategia
Durante el siglo XX la filantropía amplió su alcance ( en julio escribí sobre ese recorrido y sobre cómo Rotary lo acompañó). Nuevas organizaciones internacionales, nuevas instituciones y la profesionalización del sector permitieron atender problemas que antes parecían imposibles de abordar a gran escala.
También surgieron cuestionamientos sobre la efectividad de la ayuda. ¿Basta con atender una necesidad inmediata? ¿Pueden los recursos filantrópicos modificar las condiciones que producen esa necesidad?
El microcrédito impulsado por Muhammad Yunus, el emprendimiento social y, más tarde, la inversión de impacto ampliaron las posibilidades de intervención. La filantropía dejó de concebirse solo como una transferencia de recursos de quien tiene hacia quien necesita y pasó a entenderse también como una herramienta para desarrollar capacidades, generar oportunidades y construir soluciones sostenibles.
Esto no resta importancia a la asistencia inmediata. Ante el hambre, una enfermedad o una emergencia, la ayuda directa es indispensable. Pero atender las consecuencias de un problema y transformar sus causas son tareas diferentes, y esa diferencia explica hacia dónde puede evolucionar la filantropía.
La revolución tecnológica y la nueva riqueza
Internet permitió nuevas formas de colaboración y financiamiento colectivo: personas de distintas partes del mundo contribuyen a causas sociales sin pertenecer a una organización tradicional. Después, el análisis de datos, las tecnologías financieras y la inteligencia artificial ampliaron las posibilidades de identificar necesidades, evaluar intervenciones y administrar recursos.
Reducir esta transformación a la digitalización de las donaciones sería un error. El cambio más profundo está en la relación entre la creación de riqueza y su distribución social, y tampoco es una idea nueva.
La Fundación Novo Nordisk, a través de Novo Holdings, mantiene una participación de control en grandes compañías farmacéuticas; las utilidades financian su labor filantrópica. Patagonia reorganizó su propiedad en 2022 para que las utilidades no reinvertidas se destinen a causas ambientales. En ambos casos, el propósito social forma parte de la estructura de la empresa.
Anthropic se suma a esta conversación desde una de las industrias con mayor potencial de transformación económica. La novedad no es haber inventado la relación entre propiedad empresarial y beneficio público, sino dos cosas: una industria capaz de generar riqueza a gran velocidad y un mecanismo que aumenta la participación destinada a fines sociales conforme crece la compañía.
Aquí hay que ser cuidadosos. El valor de una participación accionaria no equivale a dinero disponible para financiar proyectos, y tampoco garantiza resultados sociales. La efectividad del mecanismo dependerá de su gobernanza, su transparencia, su independencia y su capacidad de convertir recursos en beneficios reales. La pregunta importante no es cuánto patrimonio se compromete, sino quién decide cómo utilizarlo, a quién beneficia y qué resultados produce.
Una responsabilidad empresarial con raíces históricas
El caso de Meta introduce otra dimensión. Cuando una empresa ofrece formación gratuita y conecta a sus participantes con empleo, genera beneficios sociales. También responde a su propia necesidad de talento.
Esta relación entre desarrollo empresarial y bienestar social no es nueva. En Nuevo León tenemos un antecedente extraordinario: don Eugenio Garza Sada comprendió que el crecimiento económico debía acompañarse del desarrollo educativo y social de la comunidad. Su participación en la fundación del Tecnológico de Monterrey en 1943, y las iniciativas de vivienda, salud y bienestar laboral impulsadas desde el empresariado regiomontano, reflejan una visión en la que el progreso económico y el desarrollo humano se fortalecen mutuamente. Experiencias semejantes surgieron en otras regiones, donde empresarios e instituciones promovieron escuelas, hospitales, vivienda y formación para sus trabajadores.
Lo interesante no es que las empresas estén descubriendo su responsabilidad social. Es que las transformaciones económicas y tecnológicas crean nuevas posibilidades para ejercerla. Meta necesita desarrollar talento para su infraestructura, como las grandes empresas industriales del siglo pasado necesitaban trabajadores preparados y comunidades capaces de sostener su crecimiento. Que los intereses empresariales coincidan con objetivos de desarrollo social no invalida el beneficio colectivo; invita a construir modelos en los que la generación de riqueza y la ampliación de oportunidades se refuercen.
Durante mucho tiempo imaginamos una separación clara: las empresas generaban riqueza, los donantes aportaban recursos y las organizaciones sociales ejecutaban proyectos. Hoy esas funciones se superponen. Las empresas financian, capacitan, investigan e implementan programas sociales; las fundaciones participan en inversiones; las organizaciones civiles desarrollan modelos económicos sostenibles.
Con ello aparecen riesgos nuevos. La concentración de recursos en unas cuantas empresas puede convertirse en concentración de influencia sobre las prioridades sociales, y una iniciativa empresarial no necesariamente representa las necesidades de las comunidades a las que pretende beneficiar. La innovación filantrópica necesita algo más que capital y tecnología: responsabilidad, conocimiento y legitimidad social.
El verdadero desafío: prevenir, no solamente remediar
Al escribir sobre el legado del doctor Carlos Canseco y su contribución a la lucha contra la poliomielitis, encontré una idea que considero central para entender la evolución de la filantropía. Canseco comprendió que atender a quienes sufrían las consecuencias de la enfermedad era indispensable, pero que prevenir nuevos casos podía transformar la vida de generaciones enteras. El resultado está en las cifras: en 1988, cuando arrancó la iniciativa mundial de erradicación, se registraban más de 350,000 casos de polio al año en 125 países; hoy los casos por virus salvaje se cuentan por decenas ( de erradicar la polio a construir paz).
Una intervención alivia el sufrimiento de una persona. Otra evita que miles lo enfrenten. Ambas son necesarias; sus alcances son distintos.
El principio se aplica a muchos problemas sociales. En educación, no basta con entregar útiles escolares si no comprendemos las causas del abandono. En salud, hay que atender enfermedades y también fortalecer la prevención. En desarrollo económico, hay que ayudar a quienes enfrentan carencias y también ampliar las oportunidades para construir medios de vida sostenibles.
La prevención no siempre es posible ni es automáticamente la intervención más efectiva. Por eso se necesita evidencia, conocimiento de las comunidades y capacidad de evaluar resultados. La verdadera innovación social no consiste en usar la tecnología más avanzada, sino en comprender mejor los problemas y resolverlos de manera más efectiva.
El progreso humano como propósito
Los últimos dos siglos muestran avances que ninguna generación anterior conoció. La mortalidad de niños menores de cinco años bajó de 12.8 millones en 1990 a menos de 5 millones en 2022, según UNICEF; la alfabetización se expandió; una proporción mucho mayor de la humanidad tiene acceso a conocimientos, servicios y oportunidades antes reservados a unos cuantos.
Estos avances no ocurrieron solo gracias a la filantropía. Son resultado de transformaciones científicas, económicas, institucionales y políticas. Pero demuestran que las condiciones humanas pueden cambiar, y que si queremos contribuir a ese cambio necesitamos saber qué ha funcionado, qué no y por qué.
En mayo de 2025, en la IX Conferencia Distrital del Distrito 4140 de Rotary International, en Ixtapa, con la conferencia «Cambiar vidas, transformar comunidades», planteé que no deberíamos cambiar por miedo, sino por conciencia. Sigo pensando que esa distinción es esencial. Las organizaciones sociales no necesitan transformarse porque aparezcan nuevas tecnologías o nuevos modelos empresariales. Necesitan evolucionar porque las sociedades cambian, las necesidades se transforman y nuestro conocimiento sobre cómo generar bienestar también debe avanzar.
El papel de las organizaciones sociales
Si las empresas tecnológicas pueden financiar y ejecutar programas sociales, ¿qué papel les queda a las organizaciones tradicionales? No creo que la respuesta esté en competir por administrar más recursos.
Las organizaciones sociales tienen capacidades que no se miden en dinero: conocimiento de las comunidades, relaciones de confianza, continuidad y compromiso humano. Como gobernador de distrito de Rotary conocí proyectos extraordinarios y realidades que ninguna estadística expresa por completo; conocí voluntarios que, sin grandes recursos ni reconocimiento, seguían presentes donde nadie más llegaba. Esa experiencia cambió mi manera de entender el servicio: había dedicado mucho tiempo a estrategias, indicadores y eficiencia, y todo eso sigue siendo importante, pero el valor de una organización como Rotary no está solo en los proyectos que realiza, sino en la comunidad de personas que los hace posibles.
La tecnología amplía nuestras capacidades y los nuevos modelos financieros multiplican los recursos. Ninguno sustituye la confianza, la empatía y la responsabilidad de actuar frente al sufrimiento humano. La mayor oportunidad de las organizaciones sociales no es competir con las nuevas empresas filantrópicas, sino convertirse en sus aliadas para entender las necesidades de las comunidades y transformar los recursos en resultados sostenibles.
La respuesta a la pregunta inicial
¿Estamos ante una nueva revolución de la filantropía? Sí, pero no donde suele buscarse. La revolución no está en las nuevas formas de donar, ni en administrar patrimonios cada vez mayores, ni en incorporar inteligencia artificial. Está en quién gobierna los recursos y en qué se decide lograr con ellos.
¿Queremos atender más necesidades o reducir las condiciones que las producen? ¿Multiplicar las donaciones o ampliar las oportunidades de desarrollo humano? ¿Organizaciones más grandes o comunidades más capaces de construir su propio bienestar? No son alternativas excluyentes, pero obligan a revisar prioridades.
La filantropía del futuro necesitará recursos, conocimiento científico, tecnología y modelos de financiamiento sostenibles. También necesitará instituciones éticas, comunidades comprometidas y personas que entiendan que el progreso no es solo económico: el bienestar humano comprende la dignidad, la libertad, las relaciones y la posibilidad de una vida con sentido.
La riqueza cambia. La tecnología cambia. Las instituciones tendrán que cambiar. El propósito de la filantropía permanece: el bienestar de la humanidad. Ese es el desafío de nuestra época.
Saúl E. Castillo Valdés
En esta serie
- De Carnegie a la inteligencia artificial: la nueva era de la filantropía (este artículo).
- Prevenir, no solo remediar: el Método Carlos Canseco en la filantropía de hoy.
- La paradoja del progreso: ¿por qué vemos un mundo en crisis cuando la humanidad nunca había avanzado tanto?
Preguntas frecuentes
¿Qué es el Anthropic Public Benefit Fund?
Una entidad propiedad de Anthropic, anunciada el 18 de octubre de 2026, a la que la empresa compromete el 5 % de sus acciones, sujeto a la aprobación de los accionistas, con un 2 % adicional a discreción del consejo por cada aumento del 50 % en su valoración sobre una base fijada. Su fin es financiar iniciativas de beneficio público.
¿Qué es America's Workforce Academy?
Un programa de Meta, anunciado en junio de 2026 con 115 millones de dólares para su primer año, que capacita sin costo en oficios técnicos para la construcción de infraestructura tecnológica, otorga certificaciones reconocidas por la industria y garantiza empleo a quienes lo concluyen. La primera generación se graduó en agosto de 2026.
¿Qué diferencia hay entre caridad y filantropía estratégica?
La caridad atiende una necesidad inmediata; la filantropía estratégica busca modificar las condiciones que producen esa necesidad, con evidencia y evaluación de resultados. Ambas son necesarias; sus alcances son distintos.
Fuentes y referencias
- Anthropic (18 de octubre de 2026). Investing in the public benefit.
- Meta (8 de junio de 2026). America's Workforce Academy: The Future Is for Everyone.
- Meta (18 de agosto de 2026). America's Workforce Academy: No Cost. No Prior Experience Necessary. A Career on the Other Side.
- Iniciativa Mundial de Erradicación de la Poliomielitis (GPEI). Casos de polio en 1988 y en la actualidad.
- UNICEF. Levels and Trends in Child Mortality, informe 2023.
